Durante el trayecto (Capt. 23)

-Ya hemos llegado, por fin.

Como de costumbre, nos esperaban con una gran sonrisa y los brazos abiertos:

-Bienvenidos de nuevo.

Tímidamente, alcé mi cajita de madera, y no pasó desapercibida ante su aspecto y aroma:

-Estuve pensando que no debe ser agradable que por las inundaciones se pierda todo el trabajo ya logrado y por ello os he traído un regalo.

-Pero mujercita, vaya vaya, este es el mejor abono que he tenido jamás en mis cultivos- anunció teatralmente el señor.

-Además de verdad- añadió la esposa.

Me recordaba aquello cuentos que me contaba madre en la cama antes de irme a dormir, por ejemplo, caperucita roja habría podido recoger tantas flores como hubiese deseado para su abuelita, habían tantas y de tantos colores. Y también recordé a Blancanieves, la imagen de su urna de cristal en un campo verde, decorado de margaritas, mariposas y aves coloridas… solo faltaba la urna y los siete enanitos, pero lo demás estaba al completo.

-Pensaba que estas vistas tan hermosas solo se veían en los cuentos ¿podemos bajar a pasear por la hierva?

-A la vuelta o en otra ocasión cariño.-Me dijo padre.

-La verdad que daría gusto tumbarse ante tanta belleza- me acompaño madre en mis cavilaciones.

-A mi también, aunque yo he podido hacerlo gracias a Dios, y comer el agrillo tirada entre matorrales y flores, y también con algún que otro animalillo salvaje.

-Mamá podríamos venir a vivir aquí.- Añadí

Supe con el tiempo que aquella frase caída de la inocencia mía por el deseo de arrastrarme entre aquellos campos verdes, fue un tema a tratar en el hogar.

-Vivir en un lugar como éste tiene poderosos beneficios en la salud- dijo el señor.

-¿Cómo cuales?- inquirí curiosa.

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